La historia de Pablo

Vivía una vez un padre que llegaba a casa agotado, después de una jornada maratoniana de trabajo, de apagar fuegos y resolver problemas. Era un ejecutivo agresivo, lo que antes se llamaba un tiburón, un Hércules profesional capaz de resolver las complicaciones de sus importantes clientes, costara lo que costara… Tal vez por eso cobraba 300 euros por hora, dato que explicaba a quien le quería oír –especialmente a su hijo- para que todos tomaran conscienciadel fenómeno con el que estaban hablando.

Su agenda siempre estaba llena de las cosas muy, muy importantes..dibujo-ejecutivo-agobiado-por-multitarea

Su vida era su trabajo, y no lo ocultaba… Incluso para esta vida le faltaba tiempo, ya ni hablar de la gente que le rodeaba. Su esposa sabía que no podía contar con él para nada pues su marido era el “tío” importante que organizaba los planes en función de sus apetencias y necesidades.

Sus padres ya se habían acostumbrado a verle una vez al año, el día de Reyes, fecha en la que parecía que –consciente o inconscientemente- él trataba de enterrar su permanente distancia y ausencia con multitud de carísimos regalos.

¿Y su hijo? Pablo tenía nueve años y estaba acostumbrado a verle de higos a peras, era pequeño, así que no había problema… ¿O sí?

Los niños siempre te sorprenden, aunque unas sorpresas son más agradables que otras… La noche de la que trata esta historia, Pablo iba a dar a su padre una lección que nunca olvidaría… Cuando papá llegó a casa era tarde, cerca de las 23.00 h., por lo que Pablo estaba acostado, y debería haber estado durmiendo… pero no lo estaba. Así que, en cuanto su padre cruzó la puerta, oyó que le llamaban con suavidad: “¿Papiiiii?”

Con desgana, el padre arrastró sus cansados pies hasta la habitación de su hijo y le preguntó en un tono poco amigable:

  • ¿Cómo es que todavía no estás dormido? Mañana hay colegio, ¿no?
  • Ya, papá. Es que quería pedirte algo- respondió Pablo haciendo caso omiso al resto de comentarios de su progenitor.
  • ¿De qué se trata?- preguntó el padre enarcando las cejas.
  • Papá, necesito 50 euros- contestó su hijo con aplomo.
  • Tienes 9 años, todavía no tienes necesidades… ¡Déjate de chorradas y ponte a dormir ahora mismo! – contestó el padre.

Su mujer dormía –una vez más no le había esperado despierta y el hombre decidió tomar una ducha caliente.

Parece que el agua caliente le despejó un poco las ideas y el mal humor porque se planteó la pregunta que debería haberse hecho hacía unos minutos: ¿Para qué puede necesitar un niño de 9 años 50 euros? Era muy joven para tener deudas de juego o problemas con las drogas… ¿Habría algún niño mayor que le amenazaba en su lujoso y elitista colegio? Una vez se puso el pijama, volvió a la habitación de su hijo y preguntó con un susurro de voz:

  • ¿Duermes?
  • No – fue la seca respuesta de su hijo, que no pudo ocultar que había llorado.
  • ¿Para qué necesitas los 50 euros?
  • Para algo muy importante -contestó el niño-. Pero no puedo decirte de qué se trata hasta que me des el dinero. Te prometo que, si me lo das, te lo diré de inmediato.

Llevado más por la curiosidad que por ninguna otra cosa, el padre fue a buscar su abultada cartera, sacó de ella un billete de 50 euros y se lo entregó a su hijo. Éste lo tomó y lo puso debajo de su almohada con una sonrisa de satisfacción.

Al cabo de un instante, cuando el cansado ejecutivo iba a preguntar de nuevo por el destino del dinero, Pablo se le adelantó y extendiendo una mano repleta de billetes le dijo:

  • Papá, con los cincuenta euros que me has dado hoy, ya tengo los 300 euros necesarios para contratarte durante una hora.

Por favor, cógelos y apunta en tu agenda que el próximo viernes tienes una cita conmigo a las seis de la tarde para ir a jugar al parque. Como no me fío de ti, te lo pago por adelantado, así ya no podrás desdecirte….

¿Qué crees que ocurrió?

Lo que sucedió es que, al viernes siguiente, Pablo jugó con su padre en el parque de seis a siete de la tarde… Y volvió una semana más tarde, y la otra, y otra más… Sin volver a pagar por los servicios de su padre nunca más.

Con su atrevimiento, Pablo ganó un padre… Y éste recuperó su vida, tomando las riendas sobre el control de su tiempo.

Hoy ya no es un tiburón, hoy es un hombre, que gestiona su tiempo laboral, es un padre que disfruta del tiempo con su hijo, es un hijo y un esposo feliz que sabe disfrutar de quienes le quieren y de esos pequeños placeres que ofrece la vida y que se convierten en auténticas joyas sin precio cuando uno dispone de tiempo para disfrutarlas.

Y colorín colorado, esta historia ha terminado.

(Adaptación: Inna Firun)